La terra de todos / Соблазнительница. Книга для чтения на испанском языке
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Cuando recibi'o este retrato, deb'ia tener Robledo treinta y siete a~nos: la misma edad que 'el. Ahora estaba cerca de los cuarenta; pero su aspecto, 'a juzgar por la fotograf'ia, era mejor que el de Torrebianca. La vida de aventuras en lejanos pa'ises no le hab'ia envejecido. Parec'ia m'as corpulento a'un que en su juventud; pero su rostro mostraba la alegr'ia serena de un perfecto equilibrio f'isico.
Torrebianca, de estatura mediana, m'as bien bajo que alto, y enjuto de carnes, guardaba una agilidad nerviosa gracias 'a sus aficiones deportivas, y especialmente al manejo de las armas, que hab'ia sido siempre la m'as predominante de sus aficiones; pero su rostro delataba una vejez prematura. Abundaban en 'el las arrugas; los ojos ten'ian en su v'ertice un fruncimiento de cansancio; los aladares de su cabeza eran blancos, contrast'andose con el v'ertice, que continuaba siendo negro. Las comisuras de la boca ca'ian desalentadas bajo el bigote recortado, con una mueca que parec'ia revelar el debilitamiento de la voluntad.
Esta diferencia f'isica entre 'el y Robledo le hac'ia considerar 'a su camarada como un protector, capaz de seguir gui'andole lo mismo que en su juventud.
Al surgir en su memoria esta ma~nana la imagen del espa~nol, pens'o, como siempre: «!Si le tuviese aqu'i!… Sabr'ia infundirme su energ'ia de hombre verdaderamente fuerte.»
Qued'o meditabundo, y algunos minutos despu'es levant'o la cabeza, d'andose cuenta de que su ayuda de c'amara hab'ia entrado en la habitaci'on.
Se esforz'o por ocultar su inquietud al enterarse de que un se~nor deseaba verle y no hab'ia querido dar su nombre. Era tal vez alg'un acreedor de su esposa, que se val'ia de este medio para llegar hasta 'el.
– Parece extranjero – sigui'o diciendo el criado – , y afirma que es de la familia del se~nor marqu'es.
Tuvo un presentimiento Torrebianca que le hizo sonreir inmediatamente por considerarlo disparatado. ?No ser'ia este desconocido su camarada Robledo, que se presentaba con una oportunidad inveros'imil, como esos personajes de las comedias que aparecen en el momento preciso?… Pero era absurdo que Robledo, habitante del otro lado del planeta, estuviese pronto 'a dejarse ver como un actor que aguarda entre bastidores. No. La vida no ofrece casualidades de tal especie. Esto s'olo se ve en el teatro y en los libros.
Indic'o con un gesto en'ergico su voluntad de no recibir al desconocido; pero en el mismo instante se levant'o el cortinaje de la puerta, entrando alguien con un aplomo que escandaliz'o al ayuda de c'amara.
Era el intruso, que, cansado de esperar en la antesala, se hab'ia metido audazmente en la pieza m'as pr'oxima.
Se indign'o el marqu'es ante tal irrupci'on; y como era de car'acter f'acilmente agresivo, avanz'o hacia 'el con aire amenazador. Pero el hombre, que re'ia de su propio atrevimiento, al ver 'a Torrebianca levant'o los brazos, gritando:
– Apuesto 'a que no me conoces… ?Qui'en soy?
Le mir'o fijamente el marqu'es y no pudo reconocerlo. Despu'es sus ojos fueron expresando paulatinamente la duda y una nueva convicci'on.
Ten'ia la tez obscurecida por la doble causticidad del sol y del fr'io. Llevaba unos bigotes cortos, y Robledo aparec'ia con barba en todos sus retratos… Pero de pronto encontr'o en los ojos de este hombre algo que le pertenec'ia, por haberlo visto mucho en su juventud. Adem'as, su alta estatura… su sonrisa… su cuerpo vigoroso…
– !Robledo! – dijo al fin.
Y los dos amigos se abrazaron.
Desapareci'o el criado, considerando inoportuna su presencia, y poco despu'es se vieron sentados y fumando.
Cruzaban miradas afectuosas 'e interrump'ian sus palabras para estrecharse las manos 'o acariciarse las rodillas con vigorosas palmadas.
La curiosidad del marqu'es, despu'es de tantos a~nos de ausencia, fu'e m'as viva que la del reci'en llegado.
– ?Vienes por mucho tiempo 'a Par'is? – pregunt'o 'a Robledo.
– Por unos meses nada m'as.
Despu'es de forzar durante diez a~nos el misterio de los desiertos americanos, lanzando 'a trav'es de su virginidad, tan antigua como el planeta, l'ineas f'erreas, caminos y canales, necesitaba «darse un ba~no de civilizaci'on».
– Vengo – a~nadi'o – para ver si los restoranes de Par'is siguen mereciendo su antigua fama, y si los vinos de esta tierra no han deca'ido. S'olo aqu'i puede comerse el Brie fresco, y yo tengo hambre de este queso hace muchos a~nos.
El marqu'es ri'o. !Hacer un viaje de tres mil leguas de mar para comer y beber en Par'is!… Siempre el mismo Robledo. Luego le pregunt'o con inter'es:
– ?Eres rico?…
– Siempre pobre – contest'o el ingeniero. – Pero como estoy solo en el mundo y no tengo mujer, que es el m'as caro de los lujos, podr'e hacer la misma vida de un gran millonario yanqui durante algunos meses. Cuento con los ahorros de varios a~nos de trabajo all'a en el desierto, donde apenas hay gastos.
Mir'o Robledo en torno de 'el, apreciando con gestos admirativos el lujoso amueblado de la habitaci'on.
– T'u s'i que eres rico, por lo que veo.
La contestaci'on del marqu'es fu'e una sonrisa enigm'atica. Luego, estas palabras parecieron despertar su tristeza.
– H'ablame de tu vida – continu'o Robledo. – T'u has recibido noticias m'ias; yo, en cambio, he sabido muy poco de ti. Deben haberse perdido muchas de tus cartas, lo que no es extraordinario, pues hasta los 'ultimos a~nos he ido de un lugar 'a otro, sin echar ra'ices. Algo supe, sin embargo, de tu vida. Creo que te casaste.
Torrebianca hizo un gesto afirmativo, y dijo gravemente:
– Me cas'e con una dama rusa, viuda de un alto funcionario de la corte del zar… La conoc'i en Londres. La encontr'e muchas veces en tertulias aristocr'aticas y en castillos adonde hab'iamos sido invitados. Al fin nos casamos, y hemos llevado desde entonces una existencia muy elegante, pero muy cara.
Call'o un momento, como si quisiera apreciar el efecto que causaba en Robledo este resumen de su vida. Pero el espa~nol permaneci'o silencioso, queriendo saber m'as.
– Como t'u llevas una existencia de hombre primitivo, ignoras felizmente lo que cuesta vivir de este modo… He tenido que trabajar mucho para no irme 'a fondo, !y a'un as'i!… Mi pobre madre me ayuda con lo poco que puede extraer de las ruinas de nuestra familia.
Pero Torrebianca pareci'o arrepentirse del tono quejumbroso con que hablaba. Un optimismo, que media hora antes hubiese considerado absurdo, le hizo sonreir confiadamente.
– En realidad no puedo quejarme, pues cuento con un apoyo poderoso. El banquero Fontenoy es amigo nuestro. Tal vez has o'ido hablar de 'el. Tiene negocios en las cinco partes del mundo.