90 millas hasta el parai?so
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– !Grosero, soy rubia natural! !Vete al Diablo! Tengo que prepararme para la fiesta.
Habiendo tragado la injuria, Mirta se fue a casa. All'i la esperaba una manicura y la modista con nueva ropa hecha. La costura del muy caro ropaje se lo pag'o generosamente su t'io rico, futuro ministro del gobierno de Batista.
* * *
Aproximadamente para las ocho de la noche hacia el “Nacional” empezaron a arribar las limusinas. De la mano f'acil del presidente titular toda la 'elite de cubanos, los grandes terratenientes, los pol'iticos, los militares, la bohemia vino a presentar sus respetos a los inversionistas norteamericanos. A todos les ofrec'ian torta y caf'e. Los camareros con lazos llevaban en las bandejas copas con champa~na franc'es.
Las chicas con sombreros hongos y fraques puestos al cuerpo desnudo ofrec'ian whisky escoc'es. El tradicional ron cubano lo serv'ian en el lobby-bar. Se supon'ia que los gringos que a'un no tuvieron tiempo para probarlo, se juntar'ian en la barra. Mientras los locales preferir'an beber bebidas extranjeras.
La banda de jazz ejecutaba a las mil maravillas “Sun Valley Serenade”. Frank Sinatra para el p'ublico de ac'a no era una gran estrella, pero como animador actuaba bastante bien.
Y si no fuera as'i, qui'en entonces aqu'i podr'ia tomar en consideraci'on a los reyecillos patrios. Gradualmente, a eso de las doce de la noche, el papel de los cubanos se estrech'o en infinitas aseveraciones y juramentos de fidelidad a las autoridades, as'i como mostrar la hospitalidad a los yanquis. Ciertas esposas de los nuevos ricos, aquellas que se ve'ian arreglar sus vestidos, expresaron as'i su amabilidad en una muy original forma, directamente en los apartamentos del hotel. Los “gringos” estaban contentos.
Sinatra, no se sabe por qu'e, no invit'o al micr'ofono al presidente, sino al coronel Batista. El efecto de tal sorpresa hizo desembriagar a la 'elite local, hab'ia quedado claro a qui'en los forasteros daban preferencia. La alusi'on expl'icita era igual a una humillaci'on p'ublica a San Mart'in.
– !Se~noras y se~nores! – empez'o de manera muy animada el futuro dictador con una copa en la mano. Batista no se sent'ia molesto en cuanto al presidente, que se hab'ia turbado. Tales minucias no le incomodaban nada. El brindis val'ia mucho. !Eso s'i!… Todo ha de ser correcto. Es importante, – Me conocen a m'i como un partidario ac'errimo de la democracia y adepto devoto de la ley. Estoy orgulloso de que mis convicciones las forj'e en el mismo lugar donde recib'i mi educaci'on. Era una academia militar que se extend'ia apenas a noventa millas de nuestro pa'is, en un enorme estado amistoso, baluarte del mundo libre y un escudo seguro contra la peste comunista, nuestro gran vecino del norte, !Estados Unidos de Am'erica! !A la salud de nuestros amigos!
'El termin'o muy inspirado, y la multitud se puso a aplaudir. Todos menos una persona…
Mirta se equivoc'o cuando supuso que el padre de Fidel, don 'Angel Castro Argiz, recibir'ia las invitaciones para la velada en el “Nacional”. En primer lugar, don 'Angel viv'ia en la lejana provincia de Oriente, en segundo lugar, era un terrateniente de recursos medios, poco destacado para el p'ublico capitalino, adem'as, pose'ia una m'isera instrucci'on, aunque de manera muy activa abordaba la pol'itica. Tercero, siendo villano de origen, inmigrante de la paup'errima provincia espa~nola de Galicia, 'Angel lleg'o a alcanzar todo en la vida vali'endose de su listeza humana y las cansadas manos callosas. El ex campesino gallego se sent'ia inc'omodo, hall'andose entre los altaneros herederos de enormes latifundios, a pesar de tener sus abundantes cosechas de ca~na de az'ucar, las que se hicieron leyendas en las inmediaciones de Santiago.
Los chismosos sol'ian decir que don 'Angel estaba ganando hasta trescientos pesos al d'ia. Esta informaci'on originaba una insana obsecuencia con relaci'on a su hijo Fidel en las almas de los condisc'ipulos del ni~no en el Colegio de la Orden de los Jesuitas.
Hubo un per'iodo que, a este emprendedor hombre de negocios, que pose'ia la m'as lujosa y magn'ifica vivienda, lo frecuentaban los politicones de Santiago. Estas conversaciones y promesas f'acilmente convenc'ian al confiado don 'Angel que este ofrendara considerables sumas a las campa~nas electorales. Como resultado el dinero, que logr'o alcanzar con sudor y noches sin sue~no, desaparec'ia en la nada.
No hay mal que por bien no venga. Tras estos contactos absurdos don 'Angel se puso, por fin, a prestar o'ido al raciocinio y a la exhortaci'on de su c'onyuge semianalfabeta, oriunda de la provincia de Pinar del R'io, Lina Ruz Gonz'alez. La querida esposa consigui'o alcanzar el fin deseado, deshabitu'o a los hu'espedes chinchorros y pedig"ue~nos y le quit'o las ganas a su esposo de meterse en proyectos dudosos.
El miedo ante los engre'idos alfabetizados don 'Angel lo llevaba por dentro. Por eso do~na Lina no ten'ia que persuadirle para que asignara dinero a la educaci'on de los chicos. La ambici'on por el saber se hizo culto en la familia de Castro. Los ni~nos agradecidos pagaban a los padres cuidadosos con su aplicaci'on en los estudios.
El graduado del colegio cat'olico “Bel'en”, el hijo de don 'Angel Castro y do~na Lina Ruz, Fidel, junto con el diploma de graduaci'on de la instituci'on docente jesuita recibi'o del rector monse~nor Savatini un diploma de despedida, en el cual se dec'ia: “Fidel Castro Ruz pudo ganarse en el colegio una plena admiraci'on y el amor. Quiere dedicarse a las ciencias jur'idicas, y no dudamos que en el libro de su vida inscribir'a numerosas p'aginas maravillosas…” 13
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La cita del libro de Moreno Rodr'iguez “Fidel Castro. La biograf'ia”. Fue editado en 1959 en La Habana.
En 1945 Fidel se hizo estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. Teniendo en cuenta el 'unico defecto de su padre, al cual pod'ian embrollar los granujas de vasta cultura, y, habiendo heredado de su madre la insaciable pasi'on por los conocimientos, Fidel muy temprano se aficion'o a la lectura. Hasta emprendiendo viajes lejanos, por ejemplo, hall'andose en la tempestuosa Colombia, insubordinada al r'egimen pro americano, en la mochila de uno de los l'ideres estudiantiles de La Habana, cuyo apellido era Castro, apenas cab'ian cuidadosamente encordeladas peque~nas pilas de libros de literatura e historia. Los amigos se re'ian del ascetismo y los cachivaches del joven, ya que en realidad cre'ia que podr'ia sustentarse por veinte centavos al d'ia, sin que nada le faltara…
Risa con risa, pero en una celda solitaria, en un calabozo de la isla de Pinos – r'eplica funesta de la prisi'on estadounidense de Sin-Sin – precisamente el amor abnegado a sus acompa~nantes-libros, que embellec'ian la reclusi'on forzada y ayudaban a olvidar el completo aislamiento, en cierta ocasi'on ese amor le salv'o la vida. El celador, que hab'ia recibido la orden de envenenar al caudillo de los rebeldes, se compenetr'o de gran respeto al preso audaz despu'es de un caso incre'ible…
Aquel d'ia en la isla se desat'o un hurac'an terrible. El cielo expel'ia truenos y r'afagas, sollozando con una incesante lluvia tropical. Pues, en ese momento del cataclismo, cuando el agua brot'o de todas las redendijas y fisuras en las c'amaras, el recluso Castro lo primero que hizo fue lanzarse a salvar sus libros. Fidel, habiendo sido advertido por el fallido asesino, rechaz'o el bodrio de Batista, y declar'o el inicio de una huelga de hambre contra las condiciones inhumanas del mantenimiento de los detenidos.
Luego le permitir'an verse con Mirta, y ella, como siempre, se pondr'a a convencerle de que reniegue de esa “lucha desprovista de sentido” y reconozca la legitimidad de la junta a cambio de la amnist'ia. Fidel hizo para s'i una observaci'on muy notable a partir del lejano momento del encuentro entre ellos en el hotel “Nacional”, la apoliticidad de la chica no sufri'o ningunos cambios visibles. Aquella fue la primera cita de los dos. La que se hab'ia dividido en dos encuentros en un solo d'ia. Era un d'ia de agosto de 1947. Fue muy fogoso, hasta demasiado fogoso…