90 millas hasta el parai?so
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El “leg'itimo” presidente derrocado, aunque adquiri'o una imagen estable de ladr'on, pod'ia servir en el caso de que el dictador empezara a rebasar todos los l'imites. De tal modo, Vito convenci'o a los jefes de las otras familias que ellos necesitaban a Pr'io vivo. En eso quedaron de acuerdo. En la 'epoca de Batista, Vito edific'o un hotel con un casino en La Habana. Transcurr'ian los a~nos, y el dictador no lo irritaba, podemos decir, que luego, pasados los a~nos, pod'ia ser ofrecido Socarr'as al feroz Fulgencio y a los colegas de la mafia. Echa un hueso al perro y se olvidar'a de la pechuga de pato.
Dej'o de existir la necesidad de Vito de contactar con Socarr'as, a'un porque los competidores no se resist'ian a sus contactos directos con Fulgencio, sin la mediaci'on de ellos. Este galgo result'o ser un buen chico. Espacio bajo el sol hab'ia para todos. Cuba era una “mina de oro”, cada a~no iba convirti'endose en un aut'entico “El Dorado”. La dictadura de Batista serv'ia a todos los que ten'ia dinero.
No era casual que apostaran por 'el. A diferencia del ladr'on-liberal Socarr'as, el “mestizo rabioso” pod'ia asegurar la entereza de las inversiones norteamericanas, aplastar cualquier heterodoxia y romper la oposici'on en el huevo. Para estos fines dispon'ia de un ej'ercito de cuarenta mil personas, armado con el dinero de la mafia.
Quien, en aquella 'epoca, en 1947, en el carnaval, cuyo motivo oficial era crear el Comit'e de Amistad Americano–cubana, pudo pensar que la vida del siguiente, a continuaci'on, destronado presidente de Cuba, el arist'ocrata Pr'io Socarr'as, ser'ia salvada, en cierto grado, gracias a la revoluci'on. En la multitud de miles de pazguatos estaba parado un altaric'on forzudo con facciones correctas de la cara y con una mirada ojimorena ardiente, al cual le estar'ia predestinado encabezar la revoluci'on. Mirando el aquelarre, organizado por los g'ansteres y oligarcas, el muchacho dijo entre dientes con odio:
– Los yanquis ahora se limpiar'an las botas con nuestra bandera. Para ellos nuestra bandera es solamente una toalla en una guarida, en la que est'an convirtiendo nuestra isla… Pasados algunos a~nos, bajo la direcci'on de este joven, los cubanos expulsar'an a todos los que hoy han estado dirigiendo este carnaval ejemplar. Batista apenas se quit'o de en medio, salvando su vida. Rockefeller perder'a sus refiner'ias de petr'oleo, plantaciones de caf'e y tabaco. Los latifundistas quedar'an sin los inmensos campos de ca~na de az'ucar. Meyer Lansky, y'endose precipitadamente, olvidar'a en la isla el malet'in con quince millones de d'olares en efectivo y se despedir'a de la esperanza de recuperar sus inversiones. En Cuba, el que menos sufri'o de toda dicha epopeya fue Vito Genovese, pero solamente debido a que, para el momento de la marcha triunfal de los rebeldes barbudos, en julio de 1958, 'el ya habr'a sido acusado en la venta de drogas y encarcelado en los EE.UU. Hasta la victoria de la revoluci'on quedaban doce a~nos…
Mientras que a bordo del buque de seis cubiertas los yanquis examinaban con arrogancia la infinita hilera de faroleros, bailarines con molinetes de diferentes colores y banderines acoplados de Cuba y Estados Unidos. As'i mostraban la hospitalidad del pueblo hacia los hu'espedes forasteros. Es verdad que los visitantes inicialmente pretend'ian desempe~nar el papel de anfitriones. Estaban dispuestos a dictar a los abor'igenes las nuevas reglas de la vida, cuya universalidad se demostraba no mediante referendos, sin acudir a una civilizaci'on altamente desarrollada, sino vali'endose del dinero. !Perlas en enorme cantidad! Eso apestaba a cad'averes, pero ninguno de ellos lo notaba. En efecto tambi'en eran difuntos. Solo eran vivos nominalmente. Y no a largo plazo…
Los negros semidesnudos cuerpo arriba rompieron a golpear las congas africanas y las percusiones. Centenares de bailarinas casi desnudas, en ex'oticos trajes de plumas, se pusieron a agitar las nalgas al son de los tambores…
Los mafiosos, uno tras otro bajaban, por la escalerilla a la alfombra de pasillo. Tronaron los ca~nones. El jefe de la secci'on de la guardia honoraria, no se sabe por qu'e, asustado, hizo el saludo militar. Batista dio un taconazo. A'un siendo todav'ia presidente, San Mart'in llev'o la mano a la visera por inercia e hizo entrega a los norteamericanos en una almohadilla la llave simb'olica de La Habana, lo que sirvi'o de se~nal para hacer soltar fuegos artificiales y cometas. Las puertas de la ciudad, que durante toda su historia se consideraba ser una fortaleza invulnerable, en esta ocasi'on las abr'ia voluntariamente a unos intrusos. La multitud alborozada sonre'ia a mand'ibula batiente. Los que pierden el orgullo se convierten en lacayos de los que prefieren la altaner'ia, al orgullo.
La 'unica persona que no se regocijaba era un muchacho alto con pelo negro ondulado, cuya cabeza se elevaba como un pico inalcanzable sobre las coronillas de un bosque humano mixto. Acababa de cumplir 20 a~nos, no se cohib'ia expres'andose, y no intentaba siquiera contener su c'olera.
– ?Acaso ustedes son ciegos? !No ocultan su desd'en hacia ese miserable payaso! – en voz alta declar'o este, lo que asust'o horriblemente a la gente parada al lado. Se echaron a un lado de 'el, como si fuera un leproso y se desvanecieron por los lados.
Transcurridos unos instantes, junto al mozalbete ya no hab'ia nadie. Los circundantes miraban con la boca abierta al hombre robusto, locuaz, estando a una considerable distancia, sin desear meterse en una discusi'on con el joven imprudente, ni a'un m'as llamar a la polic'ia que hab'ia inundado ese d'ia El Malec'on. Sin embargo, la curiosidad ya no es s'intoma de indiferencia.
De repente, “el gigante” sinti'o el roce de una mano delicada de una chica. Le tiraba de la mano una hermosa rubia, parecida a un 'angel bueno, pero muy fr'agil. Lo arrastraba tras s'i, apart'andole de los espectadores tuturutos.
– ?Para qu'e te expones a tal riesgo? – pregunt'o ella tras haber alejado al orador de la multitud que le rodeaba a una distancia conveniente.
– !Te es grato ver c'omo a los cubanos los est'an convirtiendo en gente de segunda, solamente por ser m'as pobres! – pronunci'o apasionadamente estas palabras el guapo joven cubano.
– No pareces ser pobre. Habl'e con muchachos m'as pobres que t'u – mir'o la chica evaluando su ropa y el calzado.
– Soy hijo de un latifundista, pero eso no cambia nada. Toda nuestra tierra pronto lo comprar'an los yanquis a precios casi regalados. Y los que se negar'an a venderla, ellos quedar'an enterrados ah'i.
– ?Hijo de un latifundista? – volvi'o a preguntar la joven.
– S'i, soy hijo de Don 'Angel Castro y Lina Ruz Gonz'alez. Me llamo Fidel Alejandro, ?y c'omo te llamas t'u?
– Soy Mirta D'iaz-Balart – se present'o la muchacha – Pero si eres hijo de un latifundista, entonces, probablemente tu familia recibi'o la invitaci'on a la fiesta ben'efica, que organiza el presidente San Mart'in en el hotel “Nacional” en honor de los gringos, amigos de Cuba.
– ?Los amigos de Cuba? – Fidel frunci'o las espesas cejas y refunfu~n'o como una cobra – Cuba tiene solo dos amigos, el honor y la dignidad. Cr'eeme, el demagogo que lame las botas del gringo, aunque 'el sea tres veces profesor, no podr'a por mucho tiempo enga~nar al pueblo. Nuestro presidente es un mu~neco de cart'on piedra, el cual, de un momento a otro, ha de ser quitado de la mu~neca y lo cambiar'an por otro nuevo. Los marionetistas verdaderos le ense~nar'an al nuevo mu~neco a asimilar varias cosas, ladrar lo m'as alto posible a su propio pueblo, saludar sonriendo a los due~nos y sin piedad aniquilar a aquellos que atentan contra la propiedad de los norteamericanos.
– ?Siempre est'as tan furioso? ?O solamente al ver a los gringos bien mimados, mejor vestidos que t'u? – Mirta interrumpi'o las palabras del joven.
– ?Y t'u siempre eres una tonta o te convertiste en ella en el momento cuando tomaste otro color, el de pelirrubia? – se lo dijo groseramente Fidel e inmediatamente se larg'o lo m'as lejos posible de la procesi'on de carnaval, y y'endose dec'ia irritado, – ?Hay alguna diferencia si miramos lo que lleva puesto una persona? Se puede toda la vida llevar la misma ropa, lo principal es que est'e limpia y planchada como una guerrera militar… La se~norita ofendida qued'o inm'ovil unos instantes, como si estuviera inmersa en una orgullosa soledad, luego lanz'o al vac'io: