En las alas del sue?o
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Las chicas parloteaban y alborotaban con regocijo recorriendo la casa, mientras la abuela Mar'ia Isabel intentaba persuadirlas; en cambio el administrador estaba muy contento ya que en la monoton'ia aburrida de su vida irrumpieron estas dos muchachas tan j'ovenes, alegres y encantadoras, as'i que con mucho gusto les ense~n'o la casa y el jard'in.
Las chicas cansadas y fatigadas por el calor, enseguida se dirigieron a la alberca para ba~narse, a pesar del disgusto de Do~na Mar'ia Isabel.
Despu'es de la comida muy abundante, era de costumbre hacer la siesta y las chicas se alejaron a sus dormitorios para descansar. Por la tarde el administrador prometi'o llevarlas a C'ordoba para ense~narles la ciudad.
Despu'es de que todos los reci'en llegados durmieran bien y tomaran t'e fresco con menta, las chicas comenzaron a escoger vestidos para la salida a la ciudad; se re'ian con regocijo, prob'andoselos y mostrando una a otra sus ropajes, mientras Do~na Mar'ia Isabel las vigilaba y no las dejaba vestirse muy llamativamente.
– Nada gan'ais con pareceros a las mujeres de vida ligera, – les dijo con seriedad, – recordad que proced'eis de los abolengos nobles y ten'eis que portaros con dignidad.
Al fin Marisol eligi'o un vestido gris que le iba bien y Elena uno de color rosa claro; completaron su vestuario con sombreros elegantes y se sentaron en el coche, enganchado por un par de caballos. Su abuela durante unos minutos dio indicaciones a Don Jos'e L'opez, para que no dejara escapar a las chicas del coche y observara que se portaran bien, sin que atrajeran miradas de personas curiosas. El coche se puso en marcha.
Los caballos estaban galopando alegremente por la estrada, y al cabo de una hora se hab'ian acercado ya a C'ordoba. Las chicas se quedaron fascinadas por una imagen imponente del legado musulm'an. Un muro ciego encerraba la ciudad, pero en aquel momento las puertas estaban abiertas. Todos los enemigos de Espa~na ya hab'ian sido derrotados, y tan s'olo unos pocos bandoleros errantes amenazaban a la cuidad.
Grandes torres de guardia se alzaban a los lados de la puerta maciza de la ciudad. C'ordoba estaba cubierta de jardines, que se hab'ian iniciado justo detr'as de sus callejuelas estrechas, a donde daban las fachadas ciegas de las casas. Los ciudadanos decidieron introducir una variedad en estos muros tristones, y para adornarlos colgaban en los frentes de sus casas macetas de hermosas flores.
Era un aspecto hermoso, sin embargo el coche no pudo entrar estas calles estrechas, y aunque las chicas quisieron salir para mirar a corta distancia la esplendidez de las flores, don Jos'e fue inflexible.
El coche prosigui'o al centro de la ciudad donde se encontraba el Alc'azar, que fue previamente residencia del emir, pero en aquel momento en el edificio se hab'ia instalado el Tribunal Supremo de la Iglesia o sea La Inquisici'on. Cerca estaba tambi'en la Mezquita que hab'ia sido remodelada y reconvertida en una Catedral cristiana.
Entraron en la Plaza Mayor, Don Jos'e detalladamente relataba a las chicas historias y an'ecdotas sobre los musulmanes, previos habitantes de la ciudad, y de las tradiciones y h'abitos de los ciudadanos modernos.
Al pasar por el centro de la ciudad se dirigieron al muelle del r'io Guadalquivir, donde se ve'ian ruinas de un antiguo puente romano. All'i paseaba mucha gente, y Don Jos'e dej'o a las chicas salir del coche y caminar un poco. Las amigas aprovecharon esa oportunidad con mucha alegr'ia, mientras su guardi'an manten'ia los ojos puestos en ellas.
Por el muelle aparatoso deambulaba mucha gente, aunque la mayor'ia de ellos no parec'ian ser de abolengos nobles. Cerca se encontraban jineteando con sus caballos, unos caballeros de Su Majestad. Las chicas no apartaron los ojos de los muchachos arrogantes, y de improviso, un joven del grupo de caballeros, al verlas, exclam'o:
– Elena, hermanita m'ia!
Hacia las chicas se acerc'o en su caballo un esbelto jinete. El muchacho se desmont'o sin soltar las bridas e hizo una reverencia.
– !Enrique, hermano m'io! – le contesto Elena, abrazando al muchacho – !qu'e alegr'ia!
El joven, vestido con la armadura de caballero, parec'ia muy simp'atico y amable, era de estatura media, delgado, incluso esbelto y de ojos grises.
– Elena, ?c'omo es que est'as aqu'i? – le pregunt'o a su hermana. – Y ?qui'en es esta muchacha tan hermosa que est'a a tu lado? – a~nadi'o mirando con una sonrisa a Marisol.
– Ah! !te la presento! – exclam'o Elena. – Marisol, este es Enrique, mi hermano, est'a aqu'i cumpliendo el servicio militar, es caballero de Su Majestad; mira !esta es Marisol Echever'ia de la Fuente, mi amiga! – a~nadi'o, volviendo la cabeza hacia Maria Soledad. – Estudiamos juntas en el monasterio, su familia tiene aqu'i una finca y estoy de visita en su casa.
Se volvi'o hacia el administrador, Don Jos'e, que manten'ia sus ojos puestos en las chicas, recordando y respetando las indicaciones de Do~na Mar'ia Isabel.
– Mira, este es Don Jos'e !que est'a cuidando de nosotras, por si nos sucediera algo!
Todos los presentes se echaron a re'ir; entre tanto, el caballero joven no apartaba sus ojos de Marisol.
– ?Qu'e le parece todo por aqu'i, en C'ordoba, le gusta? – le pregunt'o.
La chica se confundi'o y agach'o la vista.
– S'i, me parece hermoso todo lo que he visto por aqu'i, sin embargo hoy acabamos de llegar y a'un no hemos visto muchas cosas.
– Bueno, ?qu'e pasa? – dijo Enrique, – con su permiso, les ense~nar'e C'ordoba, todos los lugares de inter'es que hay en la ciudad y sus alrededores, cuando tenga un d'ia de descanso.
– Marisol, ?podemos invitar a Enrique a visitar su finca? – pregunt'o Elena con 'animo.
– Creo que s'i, – contest'o la chica, pero hay que advertir a la abuela.
– Dentro de cinco d'ias tengo un d'ia de descanso, ?podr'iamos vernos?,– le pregunt'o Enrique a Marisol.
– Voy a decir a la abuela que usted es hermano de Elena y quiere visitarnos, !creo que dar'a su permiso! – contest'o ella.
– Bueno, !as'i quedamos! – el muchacho se alivi'o. Era obvio que le gustara la amiga de Elena y quer'ia volver a verla.
Entre tanto, Don Jos'e les hac'ia signos de que ya era tiempo para volver a casa, as'i que las chicas subieron al coche.
–
?Puedo acompa~narles hasta la puerta de la ciudad? – pregunt'o Enrique montando a su caballo de un salto.
El coche se puso en marcha y se dirigi'o hacia la salida de la ciudad; acompa~nada por el hermano de Elena, las chicas soltaban risillas, mir'andose una a otra con aspecto enigm'atico, p'icaro y simp'atico, mientras estaban yendo junto a 'el, y ya cerca de la puerta Enrique se despidi'o prometiendo visitar la finca de Marisol al cabo de unos d'ias.