En las alas del sue?o
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Marisol salud'o e hizo una reverencia a todas las presentes, sin embargo, las mujeres apenas le prestaron atenci'on, excepto dos chicas de su edad que la miraban con curiosidad y envidia.
Al poco rato comenz'o el ensayo. Al principio Marisol solamente escuchaba a las dem'as y luego empez'o a acompa~narlas cantando muy bajito. Le gust'o mucho el canto de las mujeres y pens'o que con el tiempo la aceptar'ian y podr'ia entablar amistad con algunas.
Pas'o una semana. Marisol participaba en los ensayos del coro, pero a'un no cantaba con todos en los oficios. D'ia a d'ia se iba acostumbrando y las participantes del coro tambi'en la iban aceptando e incluso hizo amistad con una chica.
Hubo una vez, que la preceptora comunic'o que aquel d'ia iba a celebrarse un ensayo com'un con el grupo masculino del coro. Las chicas soltaron risillas, pero las mujeres mayores de edad les amonestaron.
– Est'an ustedes en el templo, no es decente portarse de esta manera en este lugar – les avergonz'o una de las mujeres – adem'as algunos de los j'ovenes cantantes est'an prepar'andose para ser cl'erigos, les est'a prohibido enamorarse.
“Pobres hombres, – pens'o Marisol – quiz'as sufran mucho”.
Las participantes del grupo femenino pasaron a otra habitaci'on donde ya les estaban esperando los hombres. Las chicas enseguida empezaron a mirarlos con curiosidad, pero la preceptora les amenaz'o con un dedo y los j'ovenes sonre'ian viendo a las muchachas. La preceptora habl'o un poco con el dirigente del grupo masculino y comenz'o el ensayo.
Marisol apenas les acompa~naba cantando pero le result'o fascinante, pues la combinaci'on de las voces masculinas y femeninas, repartidas en intervalos, le parec'ia algo divino. Las voces de los cantantes se reflejaron bajo las b'ovedas de la catedral creando un sonido irrepetible. La chica incluso cerr'o los ojos para disfrutar de la m'usica y en aquel mismo momento se dio cuenta que alguien la miraba, f'isicamente sent'ia en s'i una mirada de alguien.
Abri'o los ojos y mir'o a los j'ovenes cantantes del grupo masculino, y de pronto le vio a 'el.
Era un muchacho de unos diecisiete a~nos, de estatura media, un poco gordo pero muy bien formado, ten'ia el pelo suave de color casta~no, una cara redonda muy amable, y los ojos grises. No se sabe porqu'e fue precisamente 'el a quien la chica destac'o de los dem'as, y not'o que el joven le sonre'ia.
Marisol se sinti'o turbada y apart'o la vista. Una ola de sentimientos desconocidos se apoder'o de ella, volvi'o a mirar al muchacho y vio que segu'ia mir'andola y sonriendo.
Entonces sinti'o una conmoci'on extraordinaria, se dio cuenta de que no pod'ia despegar los ojos del joven cantante. Este, a su vez, tambi'en la miraba sin parar, sonriendo. Por un rato a la chica le pareci'o que no hab'ia ninguna Catedral ni coro alrededor, que s'olo estaban 'el y ella en el mundo entero; hasta pens'o que era un sue~no, entorn'o y frot'o los ojos como si intentara despertarse, pero al abrirlos, descubri'o que todo estaba en su lugar: la Catedral, el coro, el canto y aquel muchacho.
Terminado el ensayo, cuando todos los cantantes comenzaron a marcharse, mientras sal'ia de la sala, Marisol volvi'o la cabeza y vio al muchacho que segu'ia mir'andola.
De improviso se acord'o de Enrique y se sinti'o culpable.
“Oh! por favor, dir'an de mi .. !ella tiene un novio, pero pone los ojos en otros hombres!”
Un poco despu'es sali'o de la Catedral con un grupo de otros cantantes dirigi'endose a su coche.
La chica ya estaba a punto de sentarse cuando algo le hizo volverse, volvi'o el rostro y vio al muchacho detr'as de s'i; sus ojos brillaban de forma extra~na en ella.
El joven la salud'o con un movimiento de la cabeza, sonriendo como antes. La chica tambi'en lo hizo, y casi sin darse cuenta le mene'o su cabeza.
– !Buenos d'ias! – le dijo el muchacho con 'animo – es usted una cantante nueva? .. nunca la he visto antes en la Catedral.
– Buenos d'ias – le contesto Marisol – Cierto! He empezado a ensayar recientemente con el coro.
– ?C'omo se llama usted? – segu'ia pregunt'andole el muchacho.
– Mar'ia Soledad – le contesto en voz baja – ?y usted?
– Me llamo Rodrigo Pontevedra – dijo con una amplia sonrisa.
“Parece que es gallego” – pens'o la chica.
Se sent'ia muy bien a su lado, como si no importara el mundo; todo era igual y a la vez distinto, y no tal y como estaba antes. Marisol percibi'o que los colores se hab'ian hecho m'as claros y brillantes, oy'o cantar a las aves y re'ir los ni~nos, e incluso le pareci'o ver a los 'angeles batir sus alas.
Los dos j'ovenes se quedaron enfrente, inm'oviles, mir'andose uno al otro, sin ganas de separarse.
– Se~norita Maria Soledad, ya es tiempo de volver a casa – oy'o la chica decir al cochero.
– Tengo que irme a casa – dijo la chica al muchacho como si se disculpara.
– Encantado de haberla conocido, Marisol – le contesto Rodrigo. – me alegro mucho de que vaya a cantar con nuestro coro.
– Tambi'en encantada con nuestro conocimiento – dijo la chica cari~nosamente – !Hasta pronto! – a~nadi'o sent'andose en el coche.
– Hasta la vista, !que tenga usted un feliz d'ia! – exclam'o el muchacho despidi'endose de ella.
Y Marisol le miraba desde la ventana del coche hasta que desapareciera de la vista.
Por el camino Marisol sent'ia que le pasaba algo que nunca hab'ia experimentado antes, la imagen del muchacho no se la quitaba de su mente, como si lo tuviera delante de los ojos todo el tiempo, y durante el camino no dejaba de pensar en 'el.
Y as'i tambi'en le sucedi'o al d'ia siguente.
Do~na Encarnaci'on not'o que a su hija le estaba pasando algo.
– Parece que estuvieras enamorada, mi querida hijita – le dijo con una sonrisa.
– Todav'ia no lo s'e, no comprendo nada, mam'a – le contesto la chica de una forma evasiva; y no quiso compartir con nadie sus nuevas sensaciones.
Marisol se daba cuenta de que no hab'ia sentido nada de eso, al conocer a Enrique, que nunca antes se hab'ia sentido as'i, de esta forma que le resultaba tan extra~na.
“Quiz'as, lo que siento ahora, realmente es el amor” – pens'o la chica.
Verdaderamente, sent'ia un levantamiento desconocido del alma; ten'ia muchas ganas de cantar y bailar, de querer a los dem'as y de hacer el bien a todo el mundo.