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ЖАНРЫ

En las alas del sue?o
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Despu'es la abuela Mar'ia Isabel llam'o a Marisol para preguntarle por su charla con Enrique, y la chica a rasgos generales le rindi'o cuentas de su conversaci'on, pero no cont'o sobre la intenci'on del muchacho de ser su novio.

Y adem'as Do~na Mar'ia Isabel no dej'o de recordar a su nieta como debe portarse con los muchachos.

– !Estos caballeros de Su Majestad son tan p'icaros! Son muy fr'ivolos; !tantas se~noritas se enamoran de ellos! .. debes portarte con dignidad, Mar'ia Soledad, le dec'ia, no conf'ies en sus primeras palabras, y as'i despu'es no te decepcionar'as; al hombre no se le reconoce por sus palabras, sino por sus hechos.

Despu`es de la conversaci'on con su abuela, Marisol se alej'o al jard'in coloc'andose bajo los eucaliptos, para estar un rato a solas consigo misma y poner en orden sus pensamientos.

La chica pens'o que el muchacho a'un no le hab'ia reconocido su amor; tampoco la hab'ia preguntado si le quer'ia a 'el, y sin embargo ya la hab'ia propuesto ser su novio, y no sab'ia como debe suceder todo entre los enamorados. Pero a pesar de todo, le parec'ia que si tendr'ia otras citas con 'el, ya se ver'ia, todo se determinar'ia con el tiempo.

Entre tanto anocheci'o y la chica volvi'o a casa; al entrar a la habitaci'on de su amiga, vio a Elena durmiendo profundamente.

“Quiz'as Ram'on la haya fatigado con sus bromas”, pens'o Marisol, y sonri'o. Sali'o al ba~no, lav'o sus manos y la cara, y al volver a su dormitorio, se ech'o a la cama de plum'on blando y almohadas altas, y enseguida tambi'en se qued'o dormida.

Cap'itulo 4

Los d'ias pasaban con tranquilidad y placidez, las chicas disfrutaban de su libertad y tambi'en de la comodidad y confort de la casa, lo que les hab'ia faltado mucho, durante su severa vida en el monasterio. Pasaban el tiempo paseando por el hermoso jard'in de la finca, ba~n'andose en la alberca y conversando de sus cosas. Por las tardes, de vez en cuando, Don Jos'e las llevaba a C'ordoba, donde admiraban bellas vistas de la ciudad, hermosas flores que las ciudadanas cultivaban muy cuidadosamente en macetas que colgaban en las fachadas de sus casas, jardines y fuentes, y mirando a la gente que paseaba por las calles.

Enrique y Ram'on las visitaban regularmente en sus d'ias de descanso y todos los presentes disfrutaban muy gratamente, de una buena compa~n'ia, de la cocina exquisita de Do~na Mar'ia, y del magn'ifico ambiente del gran jard'in con sus flores, fuentes y el canto de las aves.

Marisol y Enrique sol'ian apartarse de los dem'as, sent'andose en su banco preferido a la sombra del granado, y con el tiempo llegaron a ser buenos amigos. Al muchacho le gustaba charlar con la chica que hab'ia recibido una instrucci'on excelente. Los dos eran amantes de la lectura – aunque los libros en aquella 'epoca eran una cosa rara – y el muchacho revel'o a su novia que tambi'en ten'ia ganas de escribir un libro. A veces paseaban juntos por el jard'in, pero Do~na Mar'ia Isabel segu'ia rigurosamente cada uno de sus pasos y ped'ia al administrador y sirvientes, que tuvieran sus ojos puestos en los j'ovenes.

Otra curiosidad de la finca eran los ba~nos mauritanos que quedaron all'i despu'es de irse los due~nos anteriores, moriscos de categor'ia.

Los amos antiguos hab'ian cuidado su limpieza muy rigurosamente, lav'andose por lo menos una vez a la semana, como dictaban sus costumbres.

En la Espa~na de aquella 'epoca pocas personas gozaban de tal lujo, pues s'olo en las casas m'as ricas hab'ia ba~neras.

Los ba~nos mauritanos eran una construcci'on de piedra, estructurada con unas habitaciones que se calentaban y all'i se abastec'ia el agua, caliente y fr'ia.

Las chicas sol'ian visitar los ba~nos una vez a la semana y les gustaba, ya que les era muy agradable y disfrutaban mucho. Ambas propusieron a sus hu'espedes, aprovechar la posibilidad para quedar limpios y los muchachos lo aceptaron con mucho gusto ya que no ten'ian donde lavarse, salvo en el r'io.

Entre tanto los d'ias volaron sin parar, y ya lleg'o el tiempo de volver a Madrid. Aunque a Marisol le daba pena dejar su finca preferida a la vez estaba impaciente por empezar a cantar en el coro, y adem'as ten'ia muchas ganas de leer libros que hab'ia en la biblioteca de su casa en Madrid.

La chica se daba cuenta de que le har'ian falta las citas con Enrique ya que se hab'ia acostumbrada a 'el, por eso su 'ultimo encuentro fue un poco triste. El muchacho tambi'en se hab'ia apegado a Marisol al tomarle cari~no a ella, y se le notaba que la pr'oxima separaci'on le apenaba.

– Bueno, no pasa nada – le dec'ia a su nieta la abuela Mar'ia Isabel tratando de consolarla – a'un sois j'ovenes, !ten'eis toda la vida por delante!

Lleg'o el d'ia de la partida. Los sirvientes prepararon el equipaje para el viaje y lo colocaron en el coche, mientras las chicas sal'ian por 'ultima vez al jard'in, despidi'endolo y admirando sus hermosas vistas.

– Que pena que tengamos que marcharnos – dijo Marisol con sentimiento, pero Elena en cambio, ten'ia muchas ganas de volver a la capital, para saborear m'as adelante nuevos encuentros, conocimientos, pomposas acogidas y bailes.

Se sentaron en el coche y este se puso en marcha, llevando a los viajeros desde aquel paraje de 'angeles al ruidoso Madrid.

El camino por donde se iban, estaba muy bien vigilado por los caballeros del rey, por eso no ten'ian miedo a los bandoleros e hidalgos que se hicieron malhechores los 'ultimos a~nos, acechando a los viajeros indefensos, robando y matando a su v'ictimas; por esta raz'on los pasajeros pernoctaban en monasterios y fincas donde viv'ian amigos de la familia.

Al cabo de una semana todos llegaron felizmente a Madrid, donde las chicas se encontraron entre los brazos de sus familiares que les hab'ian extra~nado mucho durante su ausencia.

A los pocos d'ias Do~na Encarnaci'on llev'o a su hija a la Catedral de San Pablo para presentarla a la preceptora del coro de la iglesia. Era la Catedral, la iglesia m'as grande de la ciudad y fascinaba a todos los que entraban all'i, por su magnitud y sus enormes b'ovedas, pero sobre todo por su extraordinaria pintura mural.

En la parte femenina del coro participaban tanto chicas j'ovenes como mujeres mayores de edad. El grupo masculino consist'ia por una parte, en chicos menores de doce a~nos y por otra de los dem'as hombres cuyas voces ya hab'ian sido transformadas y formadas tras la pubertad.

Mientras Do~na Encarnaci'on estaba hablando con la preceptora que dirig'ia el grupo femenino del coro, Marisol examinaba la Catedral y se encontraba aturdida por su belleza. Algo despu'es la preceptora llev'o a las visitantes a una habitaci'on al fondo de la Catedral para escuchar la voz de la chica. Marisol empez'o a cantar su canci'on preferida sobre un caballero y su enamorada. Le gustaba mucho interpretar esta melod'ia en las fiestas familiares acompa~n'andola con un la'ud.

La preceptora se qued'o encantada por el canto de la chica, enseguida declar'o que la admit'ia al coro, y la invit'o al primer ensayo que tendr'ia lugar al d'ia siguiente a las 10 de la ma~nana.

A la hora establecida del d'ia siguiente el coche trajo a Marisol a la Catedral donde la recibi'o la preceptora y la llev'o a la habitaci'on donde se celebraban los ensayos.

– Miren, esta es una cantante nueva – la present'o al grupo de las mujeres y chicas, participantes del grupo femenino del coro – se llama Mar'ia Soledad, les pido que la quieran y respeten.

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