90 millas hasta el parai?so
Шрифт:
Al haber concebido que de improviso lleg'o el apocalipsis, la frente de L'azaro se cubri'o de sudor. Meneaba la cabeza de manera inadecuada, pero el teniente Murillo percibi'o esos gestos como respuesta negativa a su pregunta. !No lo sabes! C'omo puedes saberlo… Ser'an las bases… Est'as socav'andolas. ?Crees d'arsela con queso a todos? Es que dispongo de informaci'on, que en aquella ocasi'on lograste alcanzar Miami. A todos les dijiste que hab'ias ido de pesca. !Es sabido que varios meses estuviste fuera de aqu'i! ?Crees que somos tontos? Simplemente nos compadecimos de ti y de tu madre. !C'omo nos agradeciste, bastardo! ?Puede ser que los gusanos de Miami te hayan dado una misi'on – saquear a los turistas en Varadero y en Guardalavaca, para reducir el flujo de extranjeros y debilitar la econom'ia de la Cuba Libre?
– Su'eltame, Manuel… – implor'o sollozando L'azaro – tengo trescientos d'olares… Devolver'e el brazalete y la videoc'amara. Y la ropa interior…
La conversaci'on iba adquiriendo para el se~nor Murillo una forma espec'ifica, comercial. Continuando de esta manera la conversaci'on se podr'ia obtener un gran dineral… Si no hubieran partido los hu'espedes alemanes de Cuba sin sus declaraciones, ya que el robo tuvo lugar un d'ia antes del vuelo a Frankfurt, el teniente no se habr'ia internado en las explicaciones del corriente momento pol'itico al proxeneta y alborotador incorregible, tal como era el detenido L'azaro Mu~nero. Pero las v'ictimas se esfumaron. El socio de L'azaro se derrumb'o, el ayudante eterno del barman Julio C'esar, pudo haber denigrado al amiguito. Qui'en lo sabe. Le dieron unos buenos garrotazos, y este desoll'o al primero, que le vino a la mente, solamente para poder justificarse as'i. Pues, hab'ia que llegar a un acuerdo hasta que volviese Mendoza.
– Hoy, de ti espero el brazalete y el dinero. La videoc'amara me la traer'as ma~nana. Hasta la ma~nana ya te habr'e fabricado una coartada veros'imil, lo que est'a balbuceando tu amigo Julio C'esar no es admisible. No hay huellas dactilares tuyas, y solamente los alemanes podr'an identificarte. A prop'osito, esto ha de ser lo m'as dif'icil. C'almate, las declaraciones de los testigos son de mi incumbencia. Lo m'as importante es que hoy ya habr'a que devolver a los burgueses aunque sea el brazalete y, tenlo bien claro, la lealtad del equipo de investigaci'on no es algo gratuito. En el caso dado, trescientas divisas no ser'an bastante para cubrir el asunto – se rasc'o la barbilla “el bonach'on simpatizante” Murillo.
– Esto es todo lo que pudo conseguir hoy… – jur'o el ladr'on esperanzado – el brazalete y el dinero lo tiene mi chica. Habr'a que pasar por su casa y traerlos. No est'a lejos, en C'ardenas.
– Vale, la pasta restante la devuelves luego. Tendr'as que disponer aproximadamente de una suma como la de hoy. Hazlo sin apresurarte mucho. Me las devolver'as al cabo de cinco d'ias. ?Qu'e te parece? Solamente no m'as tarde de los pr'oximos d'ias de descanso. Habr'a que hacerlo a tiempo – el domingo es mi cumplea~nos. De tu parte un regalo.
– Pues, me voy a buscar el brazalete y el dinero… ?Manuel, puedes quitarme las esposas? – L'azaro, al tropezar con la habitual manera corrupta de los patrulleros, gradualmente, iba recuper'andose.
– Mientras tanto permanecer'as esposado. En el coche no despegues la boca acerca de la conversaci'on sostenida. ?Comprendiste? – le advirti'o severamente Murillo.
L'azaro hizo un gesto aprobativo.
En la oscuridad se vio aparecer la silueta de Esteban Mendoza.
– ?Qu'e decidiste hacer con este engendro? – pregunt'o muy interesado el sargento.
– Creo que no estar'as en contra de que hoy yo tengo merecidamente mis veinte convertibles. Aunque sea por la muy amplia informaci'on dada por este canalla – balbuce'o con refunfu~no Murillo, haciendo empujar al detenido al coche de polic'ia – !No tiene consigo ni un centavo! Tendremos que ir a la casa de su chica.
El coche emprendi'o la marcha hacia C'ardenas.
… L'azaro se alegr'o al haberse enterado de que Elizabeth estaba sola en casa.
– Y si Juan Miguel y Eliancito ya hubieran vuelto de Camag"uey – lo recibi'o con manera descontenta la adormilada Eliz.
– !Vuelves a temblar de miedo ante el ex marido! Tengo problemas, cari~no m'io. ?Ves el coche de polic'ia? Esta es mi escolta. Necesito dinero con urgencia. !Lo devolver'e! Si no me ayudas, repito, – aqu'i llegar'a mi fin…
– ?Qu'e es lo que volviste a hacer de mala gana? – intimidada pronunci'o Elizabeth.
– Dej'emoslo para despu'es. Si no me ayudas, repito – aqu'i llegar'a mi fin. Me met'i hasta los codos.
– ?Cu'anto dinero necesitas?
– Trescientos d'olares.
– No dispongo de tal suma.
– Entonces, estoy perdido. Me meter'an en cana. La 'unica salida es untar las manos de estos bastardos… Hurt'e a unos extranjeros.
A Elizabeth, de improviso, se le ocurri'o la idea de que el brazalete y la ropa interior, que le hab'ian regalado el d'ia anterior, todo estaba ligado de una manera muy estrecha. L'azaro sufri'o por ella. Pobre chico…
– ?El brazalete? – en este caso la intuici'on no le enga~naba a ella. Y solamente la motivaci'on de su h'eroe se extend'ia tras los l'imites de la compresi'on de la confiada mujer enamorada.
L'azaro refunfu~n'o algo ininteligible, confirmando con su barboteo las suposiciones de Elizabeth.
Su amado est'a en peligro y ella puede ayudarle. Es que hay dinero en casa. Juan Miguel repet'ia incansablemente que hasta en la actual situaci'on, tras el divorcio, ellos dispon'ian de un presupuesto com'un y ella pod'ia tomar de all'i hasta toda la suma, actuar a su propio parecer. Una buena mitad de los ahorros eran las propinas de Eliz, juntadas durante casi dos meses. En la “hucha secreta” se acumularon unos trescientos d'olares y algunas moneditas. Y el brazalete… Eso simbolizaba ni m'as ni menos que un desgraciado atributo de un mundo ajeno, casi c'osmico, quiz'as. Hasta al pon'erselo en la mu~neca, le parec'ia ser un cuerpo extra~no, la mente se negaba a reconocer la propia mano, anillada con una cara bagatela. Habr'a que devolv'erselo…
Estaba extrayendo el contenido del jarro secreto y con tejemaneje recontaba el dinero. ?Qu'e dir'a Juan Miguel cuando descubra en el lugar secreto solo unos pesos cubanos? ?Qu'e pensar'a? ?C'omo explicarle la desaparici'on del dinero? ?Inventar algo? ?Decirle que les robaron, o dar a conocer lo ocurrido? ?Y luego qu'e? ?Y ahora qu'e? Los une solamente la criatura. Los dos lo comprenden bien. Nada puede volver a ser como antes, como no se puede reanimar un cad'aver…
– He aqu'i el dinero y el brazalete – le tendi'o la suma necesaria a L'azaro y el objeto que le ard'ia en la mano.
– All'i se encuentra eso… Habr'a que devolver esa ropa interior – le hizo recordar el amante.
– !C'omo no! – Solt'o un grito Eliz y, un ratito despu'es, regres'o con un peque~no paquete – ah'i lo tienes. Entr'egales todo, que te dejen libre y todo.
'El, sin agradecerle siquiera, se larg'o con los regalos devueltos y el dinero de una familia ajena a sus escoltas. Elizabeth qued'o sola compartiendo un pensamiento, no pod'ia hacerlo de otra manera.
Habiendo entrado otra vez en su dormitorio, ech'o un vistazo a la mesita de noche abierta con el cajoncito extra'ido, de donde un minuto antes hab'ia sido sacado el brazalete robado. All'i hab'ia otra joya m'as, un abalorio de semillas y conchas, el primer regalo de Juan Miguel. Lo tom'o en sus manos y la voz interna constat'o el hecho: “Eso me pertenece a m'i y es solamente m'io, y nadie me pedir'a que sea devuelto” …