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ЖАНРЫ

90 millas hasta el parai?so
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El 'animo del ni~no mejor'o considerablemente. Volvi'o a correr hacia el borde del campo esperando recibir un pase, aunque siendo por error este, y no era importante de qui'en.

No hubo tal pase. La causa no era la avaricia de los ni~nos, sino un caso de fuerza mayor que interrumpi'o el partido de f'utbol. Uno de los chicos, salvando la porter'ia, golpe'o con tanta fuerza la pelota que esta cay'o exactamente en el camino carretero. Ech'o a rodar hacia abajo por el empedrado y acert'o a dar bajo las ruedas de un “Skoda” de alquiler. El turista espa~nol que conduc'ia el coche, al o'ir el estallido, en ese mismo momento se puso en guardia. El turismo de poca cilindrada continuaba movi'endose. Eso significaba que no hab'ia causas de preocupaciones.

El cuadro que se abr'ia ante los ojos de los ni~nos del barrio, no era nada agradable, era una arrugada pelota de cuero con dos agujeros y ya no era apta m'as para jugar. Un pillo del equipo de Lorenzo alz'o los restos de la pelota y, metiendo la mano en el orificio, pudo calmar al capit'an diciendo:

– !Si la pelota estuviera entera, los despedazar'iamos como a gatitos ciegos!

– !As'i es! – aprobaron la declaraci'on los restantes miembros del equipo – !Como a cachorros mudos!

Lorenzo, el “propietario” de la pelota magn'ifica o, mejor dicho, de lo que qued'o de esta, hasta el 'ultimo momento segu'ia estando en completa postraci'on, de repente concibi'o que la derrota del equipo del odioso Enrique, condisc'ipulo-pendenciero, podr'ia ser disputada en tiempos mejores. Los amigos de Enrique jugaban mejor y en esos segundos lleg'o una salvaci'on inesperada. Lamentaba mucho lo ocurrido, pero, como se expresa su abuela de Miami, la cual visita al nieto una vez al a~no, “no hay mal que por bien no venga”. Justamente ella envi'o de Estados Unidos esta muestra futbol'istica.

– !Pues, olvidemos lo de la pelota! – opin'o sobre eso el fanfarr'on peque~no – mi abuela querida me enviar'a una pelota como esa y hasta a'un mejor. !Entonces jugaremos el partido! !Y eso no les saldr'a bien! – dijo de manera amenazante, dirigi'endose a los contrincantes, tom'o la pelota pinchada y, sin lamentarse, la tir'o al contenedor de basura.

Habiendo contemplado esto, los rapaces se desbandaron. Una pareja entrada en a~nos, la cual ya hace una hora estaba sin hacer nada en el balc'on, de manera casual, hab'ia o'ido estas r'eplicas y opin'o de lo ocurrido:

– !Que ni~no tan mimado es este Lorencito! Su abuela Luc'ia, cuando hu'ia de Cuba, dej'o su hija con un ni~no de teta y ahora hace penitencia de sus pecados ante ella y el nieto. Los colma de regalos y les hace zalamer'ias, v'ibora – no de buena manera se expres'o de la abuela de Lorenzo la se~nora canosa.

– Todo lo que env'ian los yanquis a Cuba, hay que aplastarlo y echar a la basura – con odio refunfu~n'o el anciano, h'eroe de la batalla de Playa Gir'on. – Ese es el destino de esta limosna americana.

En esto la historia no ha acabado. Apenas hubo amanecido, Juan Miguel dej'o a Eliancito dormido y se dirigi'o a buscar el fat'idico atributo futbol'istico. Sin dificultad alguna encontr'o en la acera aquel mismo contenedor de basura y extrajo de 'el el regalo tirado de la abuela Luc'ia de Miami.

Por la ma~nana llam'o al a'un semidormido Eli'an para ir al campo de f'utbol. El chiquillo dio un grito, cuando el padre, como un mago circense, sac'o de un paquete, una pelota de f'utbol y la golpe'o levemente con la pierna, haciendo un pase al hijo. Este inmediatamente se reanim'o, y la somnolencia se esfum'o. De manera incansable corr'ia tras la pelota, tropezaba, cay'o varias veces, pero al instante se levantaba, animado por las palabras del padre:

– !Maradona nunca lloraba si se ca'ia! A 'el le pegaban de manera muy dura. Los hombres verdaderos no lloriquean como las ni~nas. Se levantan inmediatamente. Se ponen de rodillas solamente los lacayos…

Eliancito, sudado, ni siquiera not'o que casi una hora entera estuvo jugando con su pap'a al f'utbol. 'El gan'o. No sab'ia que su padre no jugaba con plena entrega. Es que Juan Miguel sinceramente se apenaba e indignaba cuando le met'ian goles en su porter'ia.

Una hora despu'es de iniciarse el juego, Juan Miguel se cans'o. No hay nada extra~no. No peg'o ojo durante la noche, haciendo meter trapos en la c'amara de la pelota rota. Pero la primera etapa de esta muy minuciosa labor para reanimar la propiedad del ochoa~nero Lorencito era apenas la mitad del asunto. Cuando la c'amara de la pelota estaba llena hasta el tope con una cantidad numerosa de capas de trapos, por delante hab'ia que realizar una operaci'on, cuyas herramientas ser'ian una gruesa aguja de la abuela Raquel e hilos irrompibles de nil'on y un dedal de esta~no.

El dedal no pudo proteger a Juan Miguel de unos cuantos pinchazos, no obstante, el resultado de su labor abnegada ya adquiri'o formas concretas hacia la ma~nana. La pelota “restaurada” parec'ia ser nuevita, y en cuanto al peso no lo superaba en mucho a la de la original.

– !Pap'a, ataja! – grit'o Eliancito al padre y asest'o un fuerte golpe a la pelota con la punta del pie.

Esta pas'o volando sin acertar en la porter'ia y rodando lleg'o hasta los mismos pies de Lorenzo, cargado de rabia. Toda la banda futbol'istica del barrio se hab'ia amontonado tras la espalda de su capit'an.

– !Ud. rob'o mi pelota! – expuso Lorenzo su acusaci'on a Juan Miguel. – !Esta pelota es m'ia! !No es suya! !Ud. es un ladr'on!

Juan Miguel tom'o de la mano a Eliancito y se aproxim'o callado a los ni~nos ah'i reunidos.

El pie de Lorencito pisaba demostrativamente su propiedad. Sent'ia el respaldo t'acito de los compa~neritos de equipo parados detr'as de 'el. Ellos quedaron admirados de que uno de sus l'ideres no se hubiera asustado siquiera. La confrontaci'on desigual entre el audaz capit'an y el adulto musculoso don Juan, que result'o ser ladr'on, podr'ia terminar qui'en sabe c'omo…

– Nunca ansiaba poseer los bienes ajenos. Me sobra lo que tengo – se puso a hablar tranquilamente Juan Miguel – Eso se lo estoy ense~nando a Eliancito. Es que ayer alguien ech'o a la basura un objeto inservible, no apto para nada. Tuve que trabajar con mucho ardor para volverlo a la vida. Primero hubo que rellenarlo hasta el tope, luego coserlo con una aguja muy gruesa. Adem'as, varias veces me her'i el dedo. No habr'ia posibilidad de corregir la situaci'on de otra manera., es sabido que en toda la barriada no hay ni una bomba para este tipo de pelotas. Sea como sea – la pelota es tuya, pues ll'evatela. Lo que nosotros con mi hijito la aprovechamos jugando, que sea eso el pago por la reparaci'on…

Juan Miguel y Eli'an se encaminaron lentamente hacia su casa. Los acompa~naban doce pares de ojitos infantiles.

– ?Eliancito, no quisieras jugar con nosotros? – de improviso se oy'o una tard'ia invitaci'on de Lorenzo.

Eli'an se volvi'o asustado, luego esperanzado alz'o los ojitos hacia el padre. Juan Miguel mene'o la cabeza aprobativamente, y el hijo feliz se precipit'o a correr apresuradamente hacia los ni~nos mayores. Estos se desbandaron al instante por la cancha y con mucha seriedad iniciaron el sorteo. En esta ocasi'on Lorencito repart'ia a los ni~nos en equipos. No permitir'a m'as que el pendenciero Enrique ordene aqu'i. ?Pero d'onde habr'a de jugar el chiquit'in Eli'an, naturalmente, en mi equipo, y yo personalmente voy a proteger al hijo de Juan Miguel, si los chicos de Enrique se atreven a empujarle y jugar duro…

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